La calle de Don Juan Manuel

«La calle de Don Juan Manuel» es una leyenda colonial de la Ciudad de México: un caballero rico mataba de noche a quien le decía que eran las once, hasta que amaneció colgado de la horca. Luis González Obregón la contó junto a la historia de Juan Manuel de Solórzano, muerto en 1641.

También conocida como: Leyenda de Don Juan Manuel

País
México
Periodo
siglo XVII, época virreinal (1636–1641)

En la tradición que Luis González Obregón publicó en 1900 y retomó en 1922, el protagonista es don Juan Manuel, un vecino acaudalado de la antigua Calle Nueva de la Ciudad de México, con casa a espaldas del convento de San Bernardo. Su esposa reunía belleza y virtud, y aun así él no conseguía estar en paz: el matrimonio no había tenido hijos, y esa ausencia lo fue llenando de melancolía y desgana. Buscó alivio en la religión con tanto empeño que apenas salía de las iglesias, y hasta pensó en separarse de su mujer para tomar el hábito en San Francisco. Antes de dar ese paso necesitaba a alguien de confianza al frente de sus negocios, así que hizo venir a un sobrino que vivía en España.

Poco después de la llegada del sobrino, don Juan Manuel empezó a sufrir unos celos que no lo dejaban vivir. Seguro de que alguien lo deshonraba, una noche llamó al diablo y le prometió el alma si le ayudaba a averiguar quién era. La respuesta llegó sin demora, en forma de mandato: a las once de esa misma noche saldría a la calle y daría muerte a la primera persona que se cruzara con él. Don Juan cumplió, y a la mañana siguiente se sentía satisfecho, convencido de haber lavado su honra. Pero el demonio regresó con otra noticia: la víctima no tenía culpa alguna. Don Juan debía repetir la salida todas las noches, y solo cuando el diablo se presentara junto al muerto sabría que había dado con el culpable.

Así empezó un ritual que se repetía cada noche. Don Juan bajaba de sus habitaciones, pasaba por el patio y, por la pequeña puerta del zaguán, salía a la calle; allí aguardaba sin prisa, arrimado a la pared y oculto bajo la capa. La ciudad no tenía entonces alumbrado público, y en la oscuridad silenciosa el primer aviso eran unos pasos que se iban acercando. Cuando la silueta de un transeúnte surgía de la sombra, don Juan le salía al paso con una pregunta amable. González Obregón recoge el breve diálogo: «Perdone usarcé, ¿qué horas son?». «Las once». «¡Dichoso usarcé, que sabe la hora en que muere!». Un instante después, el desconocido caía sin vida, y don Juan regresaba a su cuarto con la misma calma con que había salido.

Con cada amanecer, la ronda encontraba un nuevo muerto en esa calle, y el miedo y el desconcierto se adueñaron de la ciudad, porque nadie entendía el porqué de tantas muertes. Hasta que, una madrugada, los guardias se presentaron en casa de don Juan Manuel con un cuerpo. Era el de su sobrino, a quien él quería entrañablemente y gracias a quien su fortuna seguía intacta. Don Juan intentó que no se le notara nada, pero la culpa lo venció. Sin color en la cara y temblando, corrió al convento de San Francisco, buscó la celda de un fraile con fama de sabio y de santo, cayó de rodillas ante él y le contó cada uno de sus crímenes: los había cometido por celos y por orden del demonio, a quien había prometido el alma.

El religioso oyó la confesión sin inmutarse y, antes de darle la absolución, le puso una prueba: tres noches seguidas, a las once en punto, tendría que ir a rezar el rosario al pie de la horca. La primera noche, cuando aún le quedaban cuentas por pasar, una voz lastimera surgió de la oscuridad pidiendo un padrenuestro y un avemaría por el alma de don Juan Manuel. Él regresó a su casa sin decir palabra, no pegó ojo y, en cuanto clareó, fue a contárselo a su confesor. El fraile le ordenó volver: ese temor, le explicó, era un engaño del diablo para desviarlo del bien, y, si volvía a asustarse, debía hacer la señal de la cruz. A la noche siguiente, don Juan ni siquiera había empezado a rezar cuando vio desfilar ante él una procesión de espectros con velas encendidas; en el ataúd que cargaban iba su propio cuerpo.

Por la mañana llegó al convento descompuesto y tembloroso, y rogó al fraile que lo absolviera antes de que la muerte lo alcanzara. El religioso, conmovido, sintió que prolongar su espera iría contra la caridad; lo absolvió, pero le encargó que esa misma noche fuera a completar el rosario pendiente. La leyenda afirma que don Juan acudió a la cita; qué sucedió junto a la horca, advierte González Obregón, es algo que nadie sabe. Lo único que añade la tradición es que, al despuntar el día, colgaba de la horca pública el cuerpo de don Juan Manuel de Solórzano, el hombre riquísimo que había gozado del favor del marqués de Cadereita. Y desde entonces la gente repitió que a don Juan Manuel lo habían ahorcado los ángeles.

Origen y contexto

La leyenda transcurre en la Ciudad de México del siglo XVII, en la calle que acabó llevando el nombre de su protagonista. Luis González Obregón (1865–1938), estudioso del pasado de la capital, la publicó como capítulo XXV de México viejo (París y México, Bouret, 1900) y volvió a incluirla en el primer tomo de Las calles de México (1922). Él mismo reconoce que todos la sabían «más o menos adulterada» y que ya se habían escrito sobre ella dramas, poesías y artículos; al pie del capítulo dice haberse basado en los artículos del conde de la Cortina y de Manuel Payno, en el drama El privado del virrey, de Rodríguez Galván, y en las leyendas en verso de Ireneo Paz y de Vicente Riva Palacio con Juan de Dios Peza. En ese capítulo se propone atender primero a la historia y solo después a la leyenda. Antonio García Cubas, en El libro de mis recuerdos (1904), cuenta que a mediados del siglo XIX alguna anciana entretenía a los niños con «tradiciones terroríficas» como la de don Juan Manuel o la de La Llorona. Sobre el nombre de la calle, Las calles de México recoge un dato de Francisco Fernández del Castillo, que revisó los títulos de una casa de esa vía: entre 1590 y 1628 se la llamaba «calle que va del convento de San Agustín a las Recogidas», y solo hacia mediados del siglo XVII empezó a decírsele «calle del señor don Juan Manuel».

Personajes

  • Don Juan Manuel de Solórzano: Caballero rico de la Calle Nueva. En la leyenda, por celos y por un pacto con el diablo, mata cada noche a quien le dice que son las once, hasta que amanece colgado de la horca.
  • La esposa de don Juan Manuel: Mujer bella y virtuosa, sin hijos, de cuya fidelidad duda su marido. En la parte histórica de González Obregón es doña Mariana de Laguna, hija de un rico minero de Zacatecas.
  • El sobrino: Pariente llamado de España para llevar los negocios de don Juan; su cuerpo es el que la ronda trae a la casa. De las versiones citadas, solo el poema de Riva Palacio y Peza le da nombre: don Lope.
  • El diablo: Al que don Juan invoca y promete el alma para descubrir quién lo deshonra; le manda matar a las once al primero que pase. No aparece en la versión oral que anotó Janvier.
  • El fraile de San Francisco: Religioso con fama de sabio y santo que oye la confesión de don Juan y, antes de absolverlo, le impone rezar el rosario tres noches seguidas, a las once, al pie de la horca.
  • Las víctimas: Transeúntes sin nombre que, de noche, responden «las once» a la pregunta de don Juan y caen muertos; cada amanecer la ronda encuentra uno nuevo en la calle.
  • El marqués de Cadereita: Virrey de Nueva España que, según la historia que resume González Obregón, hizo de don Juan Manuel su favorito y le confió ramos de la Real Hacienda.
  • Francisco Vélez de Pereira: Alcalde del crimen que, según González Obregón, mandó encarcelar a don Juan en 1640 y visitaba a su esposa; don Juan lo mató al sorprenderlos juntos. Solo en la parte histórica.
  • El marqués de Guadalcázar: Virrey en cuya comitiva llegó don Juan Manuel a Nueva España, según González Obregón; el poema de Riva Palacio y Peza lo presenta como gran amigo suyo.

Versiones de la leyenda

La historia que González Obregón pone antes de la leyenda

Antes de contar la leyenda, González Obregón resume lo que presenta como historia. Don Juan Manuel de Solórzano, caballero natural de Burgos, llegó a Nueva España en la comitiva del virrey marqués de Guadalcázar. En 1636 se casó con doña Mariana de Laguna, hija de un rico minero de Zacatecas, y llegó a ser el favorito del virrey marqués de Cadereita, que le confió la administración de ramos de la Real Hacienda, incluida la intervención de las flotas. La Audiencia, que hasta entonces había tenido buena parte de esa administración, protestó, pero Felipe IV confirmó la concesión. Más tarde, la sublevación de Cataluña dio a las autoridades de México ocasión de vengarse del virrey y de su favorito: en 1640 estaba preso por orden del alcalde del crimen Francisco Vélez de Pereira. En la cárcel supo que el alcalde visitaba a su esposa con malas intenciones; salió varias noches a escondidas y, al sorprenderlos juntos, mató al alcalde. En una nota, el autor matiza que tal vez la esposa no fue tan culpable, porque Vélez de Pereira le había ofrecido a cambio la libertad de su marido. La Audiencia quiso ocultar los detalles y el virrey intentó salvarlo, pero un día de octubre de 1641 amaneció colgado de la horca. Los oidores, que según González Obregón ordenaron aquella ejecución, la atribuyeron a los ángeles. En México viejo y anecdótico (1909) sostiene que la tradición lo pinta como un monstruo, aunque, si cometió un asesinato, fue para defender su honra.

En verso: Riva Palacio, Peza y el sobrino don Lope

La leyenda en verso de Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza ordena la historia de otro modo y añade nombres y escenas. Empieza con los crímenes nocturnos en las calles cercanas a la Calle Nueva, que el poema describe llena de palacios con escudos, y con una ciudad aterrada. Don Juan Manuel aparece como gran amigo del marqués de Guadalcázar, que lo trajo en su comitiva, y en su confesión dice haber nacido en la pobreza. El muerto que llevan a su casa tiene nombre: don Lope, su sobrino, recién llegado de España, a cuyo solemne entierro en San Francisco asiste el virrey; desde esa noche cesan los crímenes. Don Juan se confiesa junto a la tumba de Lope y revela que, en una noche de tormenta, una forma siniestra le insinuó que su mujer lo engañaba; él le ofreció el alma a cambio de que le señalara al culpable, y la aparición, sin darle un nombre, solo le dijo que cruzaba la calle a las once. La penitencia vuelve a ser de tres noches en la horca, pero aquí las voces imitan los pregones de los condenados y piden rezar por don Juan Manuel. La tercera noche llega una procesión de ángeles con antorchas, y por la mañana el pueblo, que no cree que los hombres hubieran ajusticiado a un noble tan influyente, concluye que fueron ellos. Los últimos versos afirman que la leyenda dio nombre a la calle y que durante años nadie pasaba por ella a las once sin rezar un padrenuestro.

La versión oral que anotó Thomas Janvier

El estadounidense Thomas A. Janvier incluyó la leyenda en Legends of the City of Mexico (Nueva York, 1910). La escribió al dictado de Gilberto Cano, que había sido mesero del Hôtel del Café Anglais y era gran conocedor de las antigüedades de su ciudad natal, y conserva su tono de conversación. Aquí no hay diablo ni celos: don Juan Manuel es un caballero rico con el mal vicio de matar, que durante muchos años sale cada noche cuando el reloj de Palacio da las once y hace la pregunta de la hora. El sobrino vive con él y cenan juntos; una noche no vuelve, y por la mañana la ronda trae su cuerpo. Como penitencia, don Juan debe ir a medianoche hasta la capilla de la Espiración, en la plazuela de Santo Domingo, donde entonces se alzaba la horca. Las voces de sus víctimas y el tañido de una campanilla lo obligan a dar media vuelta tres noches seguidas, aunque cada vez avanza un poco más; el confesor se niega a cambiarle la penitencia, y la cuarta noche logra rezar el rosario entero. Al amanecer, toda la ciudad, del virrey a los cargadores, corre a verlo colgado: lo habían ahorcado los ángeles por sus pecados. En una nota, Janvier resume a González Obregón, sitúa también la horca histórica frente a la Espiración y supone que de aquel único homicidio nació la fama de tantos crímenes.

Fuentes

  1. Las calles de México, vol. I "Leyendas y sucedidos" (1922), vol. II "Vida y costumbres de otros tiempos" (1927), Luis González Obregón (1865-1938) (ePubLibre 2015 transcription of both vols. + original 1927 vol. II scan). Pasaje: Las calles de México, vol. I 'Leyendas y sucedidos' (1922 text), ePubLibre 2015 ed.: 'La calle de Don Juan Manuel', p. 55. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  2. México viejo: noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres, L. González Obregón (Paris/México: Bouret, 1900). Pasaje: México viejo (Paris/México, Bouret 1900), cap. XXV 'La calle de Don Juan Manuel', p. 233. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  3. México viejo y anecdótico, L. González Obregón (Bouret, 1909). Pasaje: México viejo y anecdótico (Paris/México, Bouret 1909), 'Las casas de Don Juan Manuel', p. 21. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  4. Legends of the City of Mexico (English), Thomas A. Janvier (1849-1913) (Harper 1910; Project Gutenberg #45852). Pasaje: Legend of Don Juan Manuel, pp.1-5; Note I (historical background after González Obregón). Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  5. Tradiciones y leyendas mexicanas (6-poem selection), V. Riva Palacio (1832-1896) & J. de Dios Peza (1852-1910) (1927 US school edition (Nelson), ed. Romero de Terreros & Rosenberg). Pasaje: poem 'Don Juan Manuel', pp.53-71 of 1927 ed.. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  6. El libro de mis recuerdos, Antonio García Cubas (1832-1912) (1904 original (title page in OCR)). Pasaje: Cuadros de costumbres, p.191-192: listed among 'tradiciones terroríficas' told to children (mention only, no plot). Consultar la fuente. Licencia: dominio público.

El relato sigue Las calles de México, t. I (1922; ed. digital de 2015, p. 55 y ss.), cotejado con México viejo (1900), cap. XXV, pp. 233–238. Única diferencia de peso: en 1900 la penitencia es a las doce; en 1922, a las once.

La versión en verso se leyó en la edición escolar de Tradiciones y leyendas mexicanas (Nueva York, Thomas Nelson and Sons, 1927), pp. 53–71; solo se usó el texto del poema, no la introducción ni las notas de los editores.