La ajorca de oro

«La ajorca de oro» es una leyenda toledana de Gustavo Adolfo Bécquer, publicada en 1861. Para complacer a su amada, un joven se esconde de noche en la catedral de Toledo, roba la joya de la Virgen del Sagrario y acaba perdiendo la razón.

También conocida como: Leyenda toledana. La ajorca de oro

País
España
Periodo
leyenda literaria de Bécquer, publicada en 1861

Bécquer dibuja a sus protagonistas con muy pocos trazos y advierte que la tradición no cuenta nada más de ellos. María Antúnez tiene una belleza que el narrador llega a calificar de diabólica, y un carácter lleno de caprichos y rarezas. Pedro Alfonso de Orellana está enamorado de ella con una pasión desmedida; es un hombre de valor y, como era corriente en su época, muy dado a las supersticiones. Los dos son naturales de Toledo y residen allí.

Un atardecer, Pedro halla a María llorando en un mirador sobre el Tajo, junto a un antiguo pretil árabe, con la vista puesta en el río. Él le pregunta una y otra vez qué le sucede. Al principio ella se niega a contestar, temiendo que él se ría de ella; al final cede y le cuenta lo que vivió la víspera en el templo, en plena fiesta de la Virgen.

Estaba rezando, explica, entre la música del órgano y la Salve que cantaban los sacerdotes en el coro, cuando sin proponérselo alzó la vista hacia la imagen, colocada en el altar mayor. Lo que atrapó su atención no fue la Virgen misma, sino un adorno que nunca había advertido: la ajorca de oro, una especie de brazalete, que la imagen lleva en uno de los brazos donde descansa el Niño. Con las luces del altar, sus diamantes despedían chispas de muchos colores. Por más que María quiso concentrarse en la oración, no logró apartar la mirada de aquel resplandor. Ya en casa, pasó la noche en vela pensando en la joya. Cuando por fin se durmió, al amanecer, soñó con una mujer morena y hermosa, ya no la Virgen, que lucía la ajorca y se reía de ella asegurándole que nunca sería suya. Despertó con ese deseo convertido en obsesión, y ella misma cree que se lo ha inspirado el demonio.

Pedro, que la ha escuchado callado, lleva la mano a la espada y quiere saber qué Virgen tiene esa joya. «La del Sagrario», contesta María. Él queda espantado: se trata de la imagen de la catedral, la patrona de Toledo. Si la joya fuera de cualquier otro, le dice, sería capaz de quitársela al arzobispo, al rey o incluso al diablo, aunque arriesgara la vida y la salvación; pero robar a la Virgen del Sagrario, él que ha nacido en Toledo, le resulta impensable. María solo repite «nunca» entre lágrimas, y Pedro se queda inmóvil, con los ojos perdidos en el agua.

Esa misma jornada concluía en la catedral la octava de la Virgen. Bécquer se detiene aquí a evocar el templo: un espacio inmenso en penumbra, cruzado por la luz de color de las vidrieras y poblado de figuras talladas, que en los días de gran fiesta resplandece con sus lámparas de plata. Terminada la fiesta, cuando la multitud ya se ha ido, las capillas se han quedado a oscuras y las grandes puertas están cerradas, una figura sale de la oscuridad. Es Pedro. Está lívido y ha tenido que apoyarse en un sepulcro para serenarse; luego avanza a hurtadillas hasta la reja del crucero. Según el narrador, nunca se supo qué ocurrió entre los dos enamorados para que Pedro acabara haciendo lo que poco antes le había parecido una idea espantosa.

La catedral está desierta y en silencio, pero a Pedro le parece percibir a su alrededor ruidos sueltos: algo que cruje, un llanto ahogado, telas que rozan el suelo, pisadas. El narrador no aclara si es el viento o la imaginación del joven. Al pisar el primer peldaño de la capilla mayor, en cuyo contorno reposan los reyes en sus sepulcros, con efigies de piedra que parecen hacer guardia con la mano sobre la espada, se queda paralizado: bajo sus pies solo hay lápidas, y por un momento cree que una mano fría lo retiene. Todo parece oscilar, desde las lámparas hasta las arcadas. Aun así se sobrepone, trepa por el altar hasta el escabel de la imagen y, con los ojos cerrados para no ver la sonrisa serena de la Virgen, que ahora le asusta más que todo lo demás, le arranca la ajorca, regalo piadoso de un santo arzobispo y joya de enorme valor.

Ya tiene la joya bien sujeta, pero salir de allí le obliga a mirar, y es justo lo que más teme. Cuando por fin abre los ojos, suelta un grito. Las estatuas han abandonado sus hornacinas y ocupan toda la iglesia: santos, ángeles y demonios, guerreros y damas, que lo observan con ojos vacíos. Los arzobispos de mármol, a los que en otras ocasiones había visto tendidos e inmóviles sobre sus sepulcros, ofician ahora ante los reyes, y por el suelo, los pilares y las bóvedas bulle una multitud de criaturas de piedra deformes. Pedro no puede más: grita de nuevo y se desploma inconsciente sobre el altar.

Al día siguiente, los empleados del templo lo hallan junto al altar, con la ajorca todavía entre las manos. Cuando se le acercan, él rompe a reír a carcajadas y grita: «¡Suya, suya!». Había perdido la razón.

Origen y contexto

«La ajorca de oro» no es un relato recogido de boca del pueblo, sino una leyenda literaria firmada por Gustavo Adolfo Bécquer. Apareció por primera vez el 28 de marzo de 1861 en el folletín de El Contemporáneo, periódico de Madrid (año II, n.º 83, p. 1), con el título «Leyenda toledana. La ajorca de oro». Más tarde se incluyó en las Obras de Bécquer; el texto que seguimos es el del tomo I de la cuarta edición (Madrid, Librería de Fernando Fe, 1885), que apenas difiere del publicado en el periódico. Bécquer se presenta como un cronista fiel y afirma que la tradición no cuenta nada más de los protagonistas, pero no nombra ninguna fuente. Ni el relato ni los textos que hemos consultado documentan una tradición anterior con María Antúnez, Pedro Alfonso de Orellana o el robo de la ajorca: hasta donde consta, la historia solo existe en la versión de Bécquer. El escenario, en cambio, es real: la catedral de Toledo, donde transcurre buena parte de la acción, y la Virgen del Sagrario, a la que Pedro llama «nuestra Santa Patrona» y que la catedral venera hoy como patrona de Toledo.

Personajes

  • María Antúnez: Toledana de una belleza que el narrador llama diabólica, caprichosa y extravagante, obsesionada con la ajorca. Solo aparece en el relato de Bécquer: no hemos hallado una tradición anterior con ella.
  • Pedro Alfonso de Orellana: Toledano valiente y supersticioso, enamorado sin medida de María, que roba la ajorca de noche y pierde la razón. Solo aparece en el relato de Bécquer: no hemos hallado una tradición anterior con él.
  • La Virgen del Sagrario: Imagen de la catedral de Toledo, patrona de la ciudad. En el relato lleva la ajorca de oro en uno de los brazos donde descansa el Niño; su sonrisa serena acaba asustando a Pedro.
  • La mujer del sueño: Mujer morena y hermosa que María ve en sueños con la ajorca puesta; ya no es la Virgen, sino otra mujer que se burla de ella y le asegura que la joya nunca será suya.
  • Las estatuas de la catedral: Santos, ángeles, demonios, guerreros y damas que, cuando Pedro abre los ojos, han bajado de sus hornacinas y llenan el templo, mientras los arzobispos de mármol ofician ante los reyes.
  • Los dependientes de la iglesia: Empleados de la catedral que, a la mañana siguiente, encuentran a Pedro junto al altar, todavía aferrado a la joya; al verlos llegar, él estalla en carcajadas y grita: «¡Suya, suya!».

¿Se puede visitar el lugar?

La catedral de Toledo, Primada de España, sigue abierta al culto y a la visita cultural con entrada; los horarios y las tarifas se publican en su web oficial, catedralprimada.es. Quien haya leído el relato puede reconocer allí parte de su escenario. En la Capilla Mayor, presidida por un gran retablo gótico de 1498–1504, se conservan los enterramientos de los reyes Alfonso VII, Sancho el Deseado y Sancho el Bravo, eco de las tumbas reales que Pedro ve a su alrededor. La Virgen del Sagrario, patrona de Toledo y talla de madera de finales del siglo XII revestida de plata en 1465, se venera en la capilla del Sagrario, inaugurada en 1616. La web de la catedral indica que la imagen está adornada con una fimbria de oro y piedras preciosas, pero no menciona ninguna ajorca; el robo solo consta en el relato de Bécquer.

Fuentes

  1. Leyendas; Cartas desde mi celda VI–VII, G. A. Bécquer (1858–64). Pasaje: Leyendas: 'La ajorca de oro' (Obras, 4th ed. 1885 / Wikisource transcription), t. I, pp. 57-68. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
  2. Leyendas; Cartas desde mi celda VI–VII, G. A. Bécquer (1858–64). Pasaje: First printing: 'Leyenda toledana. La ajorca de oro', El Contemporáneo (Madrid), 28 Mar 1861, año II, no. 83, p. 1 (Wikisource transcription). Consultar la fuente. Licencia: dominio público.

Primera publicación: «Leyenda toledana. La ajorca de oro», El Contemporáneo (Madrid), 28 de marzo de 1861, año II, n.º 83, p. 1; transcripción en es.wikisource.

El texto de 1861 y el de las Obras (4.ª ed., 1885) coinciden en la trama; solo cambian la ortografía, la puntuación y algunas palabras sueltas.