El alacrán de fray Gómez
«El alacrán de fray Gómez» es una tradición limeña de Ricardo Palma sobre un lego franciscano que entrega a un buhonero pobre un alacrán envuelto en papel para que lo empeñe; en manos del usurero, es un prendedor de esmeralda y brillante. Con ella Palma explica un viejo dicho.
- País
- Perú
- Periodo
- época virreinal, tiempos de San Francisco Solano
Ricardo Palma abre esta tradición con un recuerdo de infancia. De muchacho oía a menudo a las ancianas elogiar una joya valiosa con una frase hecha: «¡Esto vale tanto como el alacrán de fray Gómez!». Años después, ya padre, él mismo llamaba con cariño a su hija Angélica «alacrancito de fray Gómez», y decidió contar de dónde salía aquel dicho y por qué encerraba un piropo.
El protagonista es un hermano lego de los franciscanos de Lima, que vivió en tiempos de San Francisco Solano y trabajaba de refitolero en la enfermería del convento. Ni el pueblo, ni las crónicas de la orden, ni la tradición le dieron otro nombre que fray Gómez. Palma lo pinta como un hacedor de milagros involuntario: los obraba a cada paso y sin advertirlo, igual que el célebre personaje que hacía prosa sin enterarse.
Cierto día, al cruzar el puente, el lego presenció un accidente: un caballo se desbocó y arrojó a su jinete contra el enlosado. El hombre quedó inmóvil en el suelo, gravemente herido, y entre el alboroto alguien reclamaba que corrieran a San Lázaro a buscar los santos óleos. Fray Gómez se le acercó con toda calma, le apoyó en los labios el cordón del hábito y lo bendijo tres veces. Según Palma, bastó con eso: el herido se puso en pie tan entero como si nada le hubiera pasado. La gente gritó «¡milagro!» y quiso pasear al fraile en hombros, pero él, para librarse del homenaje, huyó a toda prisa hacia el convento y fue a refugiarse en su celda, con la puerta cerrada.
Ese mismo día, cuando dejó la celda, el lego entró en la enfermería y halló a San Francisco Solano tumbado en una tarima, rendido por un fuerte dolor de cabeza. Le tomó el pulso, lo notó flojo y le rogó que probara bocado. El santo no tenía apetito, y como el hermano no dejaba de insistir, pensó librarse de él con un antojo imposible: un par de pejerreyes, pescado que en aquella estación ni el propio virrey habría logrado conseguir. Fray Gómez se llevó la mano derecha a la manga izquierda y la retiró con dos pejerreyes tan frescos como si los acabaran de pescar. Anunció que él mismo los guisaría, y Palma afirma que con aquel plato el santo se curó.
Otra mañana, mientras fray Gómez meditaba a solas, llamaron discretamente a su puerta. Entró un hombre mal vestido, con aspecto de pobre pero también de persona de bien. Se llamaba Jeromo y era buhonero; tenía una familia numerosa que mantener y su negocio no despegaba porque le faltaba dinero para invertir. Necesitaba quinientos duros prestados, los había pedido por todas partes sin éxito y la noche anterior se le había ocurrido acudir al lego. La pobreza de la celda saltaba a la vista: una tarima desnuda, sin colchón ni ropa de cama y con una piedra como almohada, una mesa poco limpia y cuatro sillones de vaqueta. Fray Gómez le preguntó qué le había hecho pensar que allí encontraría semejante cantidad, y Jeromo solo supo decir que tenía fe.
El lego paseó la vista por las paredes encaladas y se fijó en un alacrán que recorría sin prisa el marco de la ventana. Arrancó una página de un libro viejo, tomó al bicho con cuidado, lo envolvió y le tendió el paquete a Jeromo: debía empeñar aquella «alhajita» y devolvérsela en un plazo de seis meses. Jeromo le dio las gracias una y otra vez y se marchó derecho a la tienda de un usurero. Palma no describe ninguna transformación: se limita a contar que lo que llevaba era una joya espléndida. Se trataba de un prendedor en forma de alacrán: una esmeralda magnífica montada en oro hacía de cuerpo, un brillante formaba la cabeza y dos rubíes servían de ojos.
El usurero, buen conocedor, reconoció enseguida lo que valía la pieza y se ofreció a prestarle hasta dos mil duros. El buhonero, sin embargo, solo aceptó los quinientos que le hacían falta, a devolver en seis meses. Al cerrar el trato, el prestamista contaba con que su cliente volvería a pedirle más y con que, sumando deuda e intereses, el prendedor acabaría quedando en sus manos.
Las cosas salieron de otro modo. Aquel préstamo bastó para que el comercio de Jeromo prosperara, y al cumplirse el plazo pudo recuperar la prenda. Se la llevó a fray Gómez envuelta en el mismo papel en que la había recibido. El lego la colocó en el alféizar de la ventana, la bendijo y le habló así: «Animalito de Dios, sigue tu camino». Y el alacrán, libre otra vez, se alejó por las paredes de la celda. Palma cierra la historia con una coplilla rimada: «Y vieja, pelleja, aquí dio fin la conseja».
Origen y contexto
Esta historia no procede de un relato recogido de viva voz, sino de la pluma de Ricardo Palma (1833–1919), escritor y periodista peruano, autor de las Tradiciones peruanas: breves relatos sobre el pasado del Perú en los que, como se ve aquí, mezcla noticias de crónicas, dichos populares y comentarios irónicos propios. «El alacrán de fray Gómez» pertenece a la Séptima serie, titulada Ropa vieja; el texto que seguimos figura en el tomo IV de la edición de Barcelona (Montaner y Simón, 1896), cuya portada presenta a Palma como director de la Biblioteca Nacional de Lima. La tradición está dedicada a Casimiro Prieto Valdez, y Palma declara que su propósito es explicar el dicho de las viejas. Sobre el fray Gómez histórico aporta pocos datos: cree que con ese único nombre figura también en el expediente para su beatificación en Roma. Las fechas las toma de la inscripción de un lienzo al óleo que representa los dos milagros del puente y de los pejerreyes y que, según él, estaba sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro que aún servía de enfermería: nacido en Extremadura en 1560, tomó el hábito en Chuquisaca en 1580, llegó a Lima en 1587, fue enfermero durante cuarenta años y murió el 2 de mayo de 1631 con fama de santidad. La misma inscripción, que llama a la pintura «venerable retrato», anota que sus restos se trasladaron en 1810 y que el cuadro se restauró en 1882.
Personajes
- Fray Gómez: Hermano lego franciscano de Lima, refitolero de la enfermería del convento. Palma lo pinta como un hacedor de milagros sin darse cuenta; es quien envuelve el alacrán y se lo presta a Jeromo.
- Jeromo: Buhonero pobre y honrado, con mucha familia a su cargo y un negocio que no despega por falta de dinero. Pide al lego quinientos duros prestados y empeña el alacrán envuelto en papel.
- El usurero: Prestamista entendido en joyas que recibe el prendedor en prenda. Ofrece hasta dos mil duros, presta los quinientos pedidos y confía en quedarse con la alhaja con el tiempo.
- El alacrán: Bicho que recorre el marco de la ventana de la celda. En la tienda del usurero es un prendedor de esmeralda, brillante y rubíes; devuelto y bendecido, sigue su camino por la pared.
- San Francisco Solano: Franciscano contemporáneo del lego. Enfermo de jaqueca, le pide un par de pejerreyes fuera de temporada; según Palma, sana con los que fray Gómez saca de su manga y guisa.
- El jinete del puente: Hombre al que un caballo desbocado arroja contra el enlosado. Fray Gómez le pone en los labios el cordón del hábito, lo bendice tres veces y, según Palma, lo deja sano.
- Angélica: Hija de Ricardo Palma, a la que el autor llamaba con cariño «alacrancito de fray Gómez». No interviene en la historia, pero da pie a explicar el dicho de las viejas.
Versiones de la leyenda
La huida por los aires, según la crónica franciscana
Palma advierte que el desenlace del milagro del puente no se cuenta igual en todas partes. En su relato, fray Gómez escapa del gentío a la carrera y se refugia en su celda. La crónica franciscana, según él, lo explica de otra manera: el lego se elevó y cruzó el aire desde el puente hasta la torre de su convento para huir de los aplausos. Palma no se inclina por ninguna de las dos: «Yo ni lo niego ni lo afirmo», escribe, y añade que, ante los prodigios, prefiere no gastar la pluma ni a favor ni en contra. No precisa qué crónica tiene en mente ni reproduce el pasaje.
Fuentes
- Tradiciones peruanas, series 1–8, Ricardo Palma (1872–1906 (eds. 1893–96)). Pasaje: Tradiciones peruanas, Séptima serie, 'El alacrán de fray Gómez', sec. I-II; t. IV (Barcelona, 1896), pp. 51-55. Consultar la fuente. Licencia: dominio público.
Seguimos el texto de Wikisource, transcrito del tomo IV de las Tradiciones peruanas (Barcelona, Montaner y Simón, 1896), serie «Ropa vieja».
Las fechas de la vida de fray Gómez proceden de la inscripción que Palma transcribe; no las hemos contrastado con otras fuentes. El año de llegada a Lima, 1587, es el de la edición impresa de 1896; la transcripción de Wikisource trae 1581.
Los milagros se narran tal como los cuenta Palma, que se declara neutral ante las maravillas: ni las defiende ni las refuta.